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Generalidades de la filosofía

Contenido: Filosofía. El objeto de la filosofía. Características de la filosofía. Sentido y finalidad de la filosofía. Relación con otras disciplinas.

Filosofía

La filosofía es el estudio de una variedad de problemas fundamentales acerca de cuestiones como la existencia, el conocimiento, la verdad, la moral, la belleza, la mente y el lenguaje.

Al abordar estos problemas, la filosofía se distingue del misticismo, la mitología y ciertas formas de religión por su énfasis en los argumentos racionales, y de la ciencia experimental porque generalmente lleva adelante sus investigaciones de una manera no empírica, sea mediante la especulación, el análisis conceptual, los experimentos mentales u otros métodos a priori, sin excluir una reflexión sobre datos empíricos o sobre las experiencias psicológicas.

La tradición filosófica occidental comenzó en la Antigua Grecia y se desarrolló principalmente en Occidente. El término «filosofía» es originario de Occidente, y su creación ha sido atribuida al pensador griego Pitágoras.

Su popularización se debe en gran parte a los trabajos de Platón y Aristóteles. En sus diálogos, Platón contrapuso a los filósofos con los sofistas: los filósofos eran quienes se dedicaban a buscar la verdad, mientras que los sofistas eran quienes arrogantemente afirmaban poseerla, ocultando su ignorancia detrás de juegos retóricos o adulación, convenciendo a otros de algo infundado o falso, y cobrando además por enseñar a hacer lo mismo.

Aristóteles, por su parte, adoptó esta distinción de su maestro, extendiéndola junto con su obra a toda la tradición occidental posterior.

La filosofía occidental ha tenido una profunda influencia y se ha visto profundamente influida por la ciencia, la religión y la política occidentales. Algunos conceptos fundamentales de estas disciplinas todavía se pueden pensar como conceptos filosóficos.

En épocas anteriores, estas disciplinas eran consideradas parte de la filosofía. Así, en Occidente, la filosofía era una disciplina muy extensa. Hoy, sin embargo, su alcance es más restringido y se caracteriza por ser una disciplina más fundamental y general que cualquier otra.

El objeto de la filosofía

El objeto de la filosofía en un principio era todo lo pensable; el cosmos, que es el mundo físico en su totalidad y el hombre que forma parte de él; pero no se limitaba a lograr información sino que reflexionaba también sobre la posibilidad del conocimiento, la realidad de los objetos como posibles o sólo concebibles con el pensamiento.

El problema del objeto de la filosofía es no poder encontrar en la realidad algo que no cambie para poder conocerlo. El Ser es un término que expresa lo más general que puede manifestar una cosa para poder conocerla y que tiene distintas acepciones según la doctrina.

Este problema, que es difícil porque todo en este mundo cambia, nos lleva al problema de Dios al que muchos coinciden en considerar el Ser por excelencia y fundamento de todas las cosas; pero existen también otras consideraciones sobre el Ser de las cosas según la cosmovisión.

Características de la filosofía

- Crítica: la filosofía es un saber crítico, que pone en duda ciertas cosas que no le parecen suficientemente claras o bien explicadas.
- Certidumbre Radical: los filósofos no se conforman con cualquier clase de respuesta.
- Fundamentadora: el filósofo desea saber en qué se basan todos nuestros conocimientos. Nos hace reflexionar sobre los fundamentos en los que se asientan nuestros conceptos, conocimientos y creencias. Para ello, realiza una exhaustiva revisión de los fundamentos, conocidos también como ‘principios’.
- Totalizadora: la filosofía tiene una tendencia a la ‘universalidad’, pues no se conforma con explorar fragmentos de la realidad, ni con dar visiones parciales del mundo.
- Sabiduría: la filosofía es un conocimiento que se preocupa por encontrar el sentido, meta y valor último de la vida humana, siempre con el fin de proyectar una vida mejor.
- Praxis –práctica-: la filosofía trata problemas y soluciones que tienen profundas repercusiones en la sociedad, demoliendo prejuicios y falsas concepciones para despejar el camino y construir nuevas alternativas y mejores mundos.

Sentido y finalidad de la filosofía

La más frecuente y divulgada objeción a la filosofía es la que insiste -desde el positivismo, sobre todo- en que se trata de una actividad perfectamente “inútil”, sin valor, por tanto, para el hombre práctico.

Esta objeción afecta especialmente a la parte más noble de la filosofía, la metafísica; pues respecto de otras, como, por ejemplo, la psicología y la ética, se advierten inmediatas conexiones con lo que, en un sentido muy estricto y pragmático, se conviene en llamar “la realidad”.

Tal realidad, que no es otra, en sustancia, que la de la vida de negocio en sus concretas e inapelables urgencias, no sólo quedaría fuera de la consideración más típicamente filosófica, sino que tampoco recibiría ningún provecho de ella.

Hay ciertamente un punto de razón en todas estas consideraciones. Ante todo, es verdad que la filosofía no se dirige a esa realidad así delimitada de una manera puramente pragmática. Mejor dicho, no se refiere a ella, en ningún caso, de una forma pragmática a su vez. Y es también necesario añadir -desde el punto de vista de los hechos- que, como quiera que el filosofar es una actividad esencialmente especulativa, no sólo no se afana con esa realidad, sino que positivamente hace que nos desentendamos o despreocupemos de ella.

Esta última afirmación se presta, sin embargo, a un cierto equívoco. Es posible, en efecto, aprovecharla para asignar a la filosofía un sentido evasivo o de descanso con relación a los empeños y dificultades de la vida ordinaria. Mas todo ello, que efectivamente puede darse y hasta ser la razón ocasional del ejercicio de la actividad filosófica, no es, sin embargo, su sentido esencial.

Por de pronto, es claro que lo mismo también puede obtenerse, y de un modo más fácil e inmediato, recurriendo a otras formas de llenar el ocio; y aun cuando se admitiera que la filosofía es la más intensa, no se puede afirmar que esto constituya su sentido inmediato y directo, sino, a lo sumo, algo que realmente le acompaña o sigue.

En cualquier caso, es clara la “inutilidad” de la filosofía para la vida puramente pragmática. Pero esto, en rigor, no es una verdadera acusación. Lo sería, realmente, si el supremo valor fuese la utilidad. Tal es, por cierto, el oculto prejuicio en que se basan quienes así pretenden descalificar la filosofía.

Es indudable que la utilidad constituye una especie o forma de valor. Más no es la única, ni la más eminente; sino, precisamente, la más baja y precaria. Lo que es útil -y en tanto que lo es- no posee un valor absoluto; vale solamente en la medida en que sirve para algo, y este servicio lo subordina a aquello mismo que mediante él se obtiene.

Lo útil se comporta como un medio, y es, pues, naturalmente inferior a su fin. De ahí que no sea apetecido por sí mismo, sino -en tanto que útil- por sus resultados.

El hecho, en suma, de que algo no sea útil no significa, sin más, que no tenga valor; puede ocurrir que valga por sí mismo. Solamente en el caso de que, no valiendo por sí mismo, tampoco sirva para ningún fin, la acusación de inutilidad será expresiva de una real descalificación. E inversamente: no realza a los seres más perfectos, sino que, al contrario, los deprime, el considerarlos útiles.

En este sentido puede y debe decirse, por ejemplo, que la utilidad no debe ser atribuida a Dios, pues su ser no es un medio para ningún ente, sino que todo ente se ordena al Ser Supremo como a su último y definitivo fin.

De una manera análoga, la filosofía no es propiamente descalificada porque de ella se diga que no es útil para la vida práctica. Haría falta también, para menospreciarla con derecho, que por sí misma no valiese nada. Pero acontece, por el contrario, que la filosofía es justamente el saber más apetecible por sí mismo. ARISTÓTELES consideraba a la metafísica como una “ciencia libre” (έλευθέρη έπιστήμη), pues se trata de algo que persigue el hombre, no por razón de las necesidades o conveniencias de la vida práctica, para las cuales es realmente inútil, sino como un saber que es en sí mismo la causa de su apetibilidad.

Es la especulación que más conviene al hombre enteramente libre de preocupaciones; la que más se hace por sí misma, ya que, en efecto, es la que menos tiene que ver con ningún provecho diferente del que, de una manera inmediata, lleva consigo su realización.

Es importante, sin embargo, advertir que la carencia de finalidad práctica no es una absoluta falta de finalidad. La filosofía, como toda búsqueda o tendencia, tiene naturalmente un objetivo o fin. Cosa muy distinta acontece en el caso de la Sabiduría. Esta ya no es una tendencia, sino la misma plena posesión de aquello a lo que en definitiva está ordenado el saber filosófico.

Al referirnos ahora a la finalidad de la filosofía, lo hacemos desde un punto de vista intrínseco y esencial.  Cabe también hablar de otras “finalidades” de la actividad filosófica, pero en un sentido accidental e impropio.

Sin embargo, aun desde el punto de vista esencial, se habla algunas veces en plural del objetivo o fin de la filosofía, e incluso se ha llegado hasta afirmar la imposibilidad de atribuir a la filosofía una finalidad idéntica y constante. Y la razón que se suele aducir es que esta última sería contradictoria con la exigencia de autonomía y originalidad propia del pensamiento filosófico. De la misma manera que en esa concepción, muy generalizada, la filosofía tiene el derecho y el deber de fijar su objeto, así el filósofo puede y debe señalarse su objetivo.

En ese esencial sentido, la finalidad última del saber filosófico es, “objetivamente” considerada, la Verdad real, el mismo Ser, que en la absoluta sabiduría es poseído sin residuo alguno y sin necesidad de búsqueda o tendencia de ninguna especie; y desde el punto de vista “subjetivo”, la máxima integración, humanamente posible, de nuestro propio ser, que por hallarse en una esencial y constitutiva tensión a la verdad, necesita de ésta para ser plenamente.

La indigencia del hombre es el supuesto de toda especulación humana; máximamente, de la filosofía. Pero no la indigencia que se remedia con los bienes logrados en la vida práctica, sino otra más esencial y profunda: el hecho mismo de que nuestro ser, precisamente en tanto que ser, es potencial e incompleto, constitutivamente pobre, pues nuestro entendimiento, por el cual diferimos de los animales, no es una entidad que se baste a sí propia, sino que necesita de los demás seres para llenar su interna vaciedad.

El conocimiento es, en rigor, una necesidad humana; la necesidad que el hombre tiene de saturar su indeterminación, de completar, con las demás cosas, su precaria entidad. De esta exigencia de nuestro ser, la filosofía se hace cargo en una forma radical y plenaria. Y por el hecho mismo de que el entendimiento humano no se limita a los fenómenos ni tampoco a un sector determinado de entes, sino que, por principio, está en tensión a todo ente y toda verdad, la filosofía, no obstante su inutilidad para la vida práctica, es, en rigor, la máxima necesidad humana.

Relación con otras disciplinas

La filosofía social está emparentada directamente con la sociología en cuanto ambas tienen por objeto la sociedad. La diferencia esencial entre ambas es que mientras la sociología estudia cómo son los comportamientos sociales, la filosofía analiza cómo deben ser los mismos a la luz primaria del modo de ser de su sujeto: la persona humana.

Por su condición de ser intelectual y libre, el ser humano no está abocado al determinismo cósmico, pudiendo construir la sociedad estructurada sobre relaciones acertadas o erróneas, que además de influir sobre él como un bien o una limitación inciden sobre el sistema universal perfeccionándolo o degradándolo.

La sociología se constituye como una ciencia experimental de las relaciones habidas y su influjo sobre el comportamiento del ser humano. La filosofía, en cambio, parte del análisis de cómo deberían ser las relaciones, y por tanto muchas de sus conclusiones no pueden ser verificadas empíricamente porque aunque deberían haber sido de una determinada manera la realidad social aún no las ha realizado, lo que imposibilita su verificación experimental.

La ciencia de la filosofía social sigue un método radicalmente distinto a la sociología, por lo que sus conclusiones no son evaluables por aquella disciplina salvo en muy reducidos aspectos.

La filosofía social guarda también relación con otras ciencias, como la antropología, la psicología experimental, las ciencias políticas, la geografía, la lingüística, las ciencias de la comunicación y cualquiera otra ciencia que tenga por objeto el comportamiento del hombre en la esfera social.

Fuentes: es.wikipedia.org / filosofia.laguia2000.com / saberia.com / mercaba.org / filosocial.com

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